
Hace poco pensaba en la diferencia entre las personas con las que «crecimos» y las personas con las que «envejecemos» —que no siempre son las mismas— y cómo el tiempo (y los recuerdos que forjamos juntos) realmente fortalece prácticamente todas nuestras relaciones/amistades (ya sea que hayan comenzado con buen pie o no). Y supongo que lo que más he aprendido (sobre todo al mudarme a Nueva Zelanda) es que cuantas más personas importantes tengas en tu vida, más manejable se vuelve la idea de la pérdida, de perder a un ser querido, no porque puedas reemplazarlos (obviamente no puedes) ni porque sean intercambiables (nadie lo es), sino porque, como los cimientos de una casa, cuantos más pilares tengas (personas a las que amas) que la sostienen (que te aman), más sólido/resistente te vuelves, y a partir de ahí, creo que estás mejor preparado para superar cualquier cosa que la vida te depare. Dicho esto, el tiempo pasa muy rápido. Lo noto mucho más ahora que nunca con nuestros hijos creciendo.

Kim Dallmeier
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