
Jake repasó mentalmente a las mujeres, no tanto a las que había conocido o con las que había tratado en los últimos meses o años, sino a todas ellas: su preocupación por la superficie de las cosas, por los objetos y las apariencias, por su entorno y cómo se veían y sonaban en él, por parecer mejores y tener razón mientras se equivocaban en todo, su asunción automática del papel de parte perjudicada en cualquier choque de voluntades, su certeza de que una opinión es más creíble y útil por el hecho de que la sostienen, su uso de la incomprensión y la tergiversación como armas de debate, su sensibilidad selectiva a los tonos de voz, su desconocimiento de la diferencia entre sinceridad e insinceridad, su interés en la importancia (junto con una notable incapacidad para discriminar en ese ámbito), su afición a la conversación general y a las discusiones sin rumbo, su anticipación de la mayor parte de los sentimientos, su estimación exagerada de su propia plausibilidad, el hecho de que nunca escuchaban y muchas otras cosas por el estilo, todo según él.
Lo de Jake

Kingsley Amis
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