
El amor, eso sí que era peligroso. Te arranca el corazón del pecho y lo lanza al cielo, donde lo único que puedes hacer es verlo caer en picado hacia el objeto de tu amor, esperando que lo atrape. Y muy a menudo, tu corazón aterrizaba con un golpe sordo y doloroso en el suelo, o peor aún, en una zanja, y allí yacía desamparado, abandonado y lamentable hasta que lo encontrabas, lo recogías, pegabas las distintas partes y lo volvías a colocar en tu pecho, donde seguía latiendo, impasible, sabiendo solo tú que faltaba un latido. Un latido audible para ningún oído perspicaz, salvo el tuyo, una leve sensación de estar descolocado, un corazón que latía a regañadientes, por guardar las apariencias, con la vana esperanza de que algún día recuperara el ritmo, de que algún día tuviera algo por lo que latir. Y entonces, con los años de ese latido perdido, te descolocabas irremediablemente contigo mismo, y terminabas en la discordancia.
El rostro en la ventana

Kiran Manral
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