
Parecía un joven de dieciséis años entusiasmado, con el pelo revuelto y los ojos brillantes. Barbara no podía negar que le gustaba, aunque cada palabra que decía le resultaba repulsiva. Con una elocuencia que a menudo se enredaba, pero de una vehemencia inquebrantable, le explicó que la fe por la que luchaba era básicamente revolucionaria. «Cuando llegue el día y nuestro Führer tome el poder supremo, entonces será el fin del capitalismo y de la economía de los grandes jefes. La servidumbre de la usura será abolida. Los grandes bancos y bolsas de valores que desangran nuestra economía nacional podrán cerrar sus puertas, y nadie los llorará». Barbara quería saber por qué Miklas no se unía a los comunistas si, como ellos, estaba en contra del capitalismo. Miklas explicó con el mismo entusiasmo que un niño que recita una lección aprendida de memoria: «Porque los comunistas no tienen patriotismo por la patria, sino que son supranacionales y dependen de los judíos rusos». Los comunistas no saben nada de idealismo; todos los marxistas creen que el único propósito en la vida es el dinero. Queremos nuestra propia revolución, nuestra revolución alemana e idealista. No una que sea dirigida por masones y los Sabios de Sion.
Mefistófeles

Klaus Mann
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