
La ansiedad se sentía como si un ancla de garfio se hubiera clavado en tu espalda con un pico, una punta en cada pulmón, una atravesando el corazón, otra la columna vertebral, el peso curvando tu postura hacia adelante, arrastrándote hacia las turbias profundidades del fondo marino. La buena noticia era que, después de un tiempo, te acostumbrabas. Te acostumbrabas a la sensación de jadeo, al borde de un ataque al corazón, que te seguía a todas partes. Todo lo que tenías que hacer era agarrar una de las puntas que sobresalían de la parte inferior de tu esternón, darle un pequeño sacudón y decir: «Escucha, imbécil. No nos estamos muriendo. Tenemos cosas que hacer.
Una lista semidefinitiva de las peores pesadillas

Krystal Sutherland
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