
Me sentía a gusto en todo, sin duda, pero al mismo tiempo no me satisfacía nada. Cada alegría me hacía desear otra. Iba de fiesta en fiesta. A veces bailaba durante noches enteras, cada vez más entusiasmado con la gente y la vida. En ocasiones, al final de esas noches, cuando el baile, la ligera embriaguez, mi entusiasmo desenfrenado, la violenta desinhibición de todos me llenaban de un éxtasis agotador y abrumador, me parecía —al borde del cansancio y por un instante— que por fin comprendía el secreto; volvía a lanzarme. Seguí así, siempre colmado de favores, nunca saciado, sin saber dónde parar, hasta el día —o mejor dicho, hasta la noche, cuando la música se detenía y las luces se apagaban—.

La Caída
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