
Es curioso, pero a medida que uno viaja por el mundo y envejece, parece que es más fácil acostumbrarse a la felicidad que a la desesperación. Por ejemplo, la segunda vez que tomas un helado de cerveza de raíz, tu felicidad al saborear esa deliciosa mezcla puede no ser tan grande como la primera vez, y la duodécima vez puede ser aún menor, hasta que los helados de cerveza de raíz empiezan a ofrecerte muy poca felicidad, porque te has acostumbrado al sabor del helado de vainilla y la cerveza de raíz mezclados. Sin embargo, la segunda vez que encuentras una chincheta en tu helado de cerveza de raíz, tu desesperación es mucho mayor que la primera vez, cuando descartaste la chincheta como un accidente fortuito en lugar de parte de la artimaña de un empleado de la heladería, una expresión que aquí significa «empleado de la heladería que intenta lastimarte la lengua», y para la duodécima vez que encuentras una chincheta, tu desesperación es aún mayor, hasta que apenas puedes pronunciar la frase «helado de cerveza de raíz» sin romper a llorar. Es casi como si la felicidad fuera un gusto adquirido, como el jarabe de coco o el ceviche, al que uno puede acostumbrarse con el tiempo, pero la desesperación es algo sorprendente cada vez que uno se topa con ella.
El fin

Lemony Snicket
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