
Mi vida se detuvo. Podía respirar, comer, beber y dormir, y no podía evitar hacerlo; pero no había vida, pues no había deseos cuya satisfacción considerara razonable. Si deseaba algo, sabía de antemano que, lo satisficiera o no, no tendría ninguna consecuencia. Si un hada hubiera venido y se hubiera ofrecido a cumplir mis deseos, no habría sabido qué pedir. Si en momentos de embriaguez sentía algo que, aunque no era un deseo, era un hábito heredado de deseos anteriores, en momentos de sobriedad sabía que era una ilusión y que realmente no había nada que desear. Ni siquiera podía desear conocer la verdad, pues intuía en qué consistía. La verdad era que la vida carece de sentido.

León Tolstói
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