
Sus ojos, siempre tristes, ahora miraban al espejo con una particular desesperanza. «Me está halagando», pensó la princesa, y se dio la vuelta y siguió leyendo. Julie, sin embargo, no estaba halagando a su amiga: en efecto, los ojos de la princesa, grandes, profundos y luminosos (a veces parecía que de ellos emanaban rayos de luz), eran tan hermosos que muy a menudo, a pesar de la fealdad de todo su rostro, esos ojos resultaban más atractivos que la belleza misma. Pero la princesa jamás había visto la expresión positiva de esos ojos, la expresión que tenían en los momentos en que no pensaba en sí misma. Como le sucede a todo el mundo, en cuanto se miraba al espejo, su rostro adquiría una expresión tensa, antinatural y desagradable.
Guerra y paz

León Tolstói
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