
entonces, para sorpresa de Leo, Catherine le sonrió. Una sonrisa dulce, natural y radiante, la primera que le dedicaba. Leo sintió que se le oprimía el pecho y se le subía el calor por todo el cuerpo, como si una droga eufórica le hubiera llegado directamente al sistema nervioso. Se sentía como… felicidad. Recordaba la felicidad de hacía mucho tiempo. No quería sentirla. Y, sin embargo, esa cálida sensación de euforia seguía inundándolo sin motivo aparente. —Gracias —dijo Catherine, con la sonrisa aún en los labios—. Es usted muy amable, mi señor. Pero jamás bailaré con usted. Lo que, por supuesto, se convirtió en el objetivo de la vida de Leo.
Casados por la mañana

Lisa Kleypas
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