
Tu padre, Jo. Nunca pierde la paciencia, nunca duda ni se queja, sino que siempre mantiene la esperanza, trabaja y espera con tanta alegría que uno se avergüenza de actuar de otra manera ante él. Me ayudó y me consoló, y me enseñó que debía esforzarme por practicar todas las virtudes que quería que mis hijas poseyeran, pues yo era su ejemplo. Fue más fácil por ustedes que por mí; una mirada de sorpresa o sobresalto de alguna de ustedes, cuando les hablaba bruscamente, me reprendía más que cualquier palabra; y el amor, el respeto y la confianza de mis hijas fueron la recompensa más dulce que pude recibir por mis esfuerzos por ser la mujer que quería que imitaran.
Mujercitas o Meg, Jo, Beth y Amy

Louisa May Alcott
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