
Pude haber gritado, pero no lo hice. Pude haber luchado, pero no lo hice. Simplemente me quedé allí y dejé que sucediera, viendo cómo el cielo blanco invernal se volvía gris sobre mí. Un lobo metió su hocico en mi mano y contra mi mejilla, proyectando una sombra sobre mi rostro. Sus ojos amarillos me miraron mientras los otros lobos me movían de un lado a otro. Me aferré a esos ojos todo el tiempo que pude. Amarillos. Y, de cerca, salpicados brillantemente con cada tono de oro y avellana. No quería que apartara la mirada, y no lo hizo. Quise extender la mano y agarrar su gorguera, pero mis manos permanecieron encogidas contra mi pecho, mis brazos congelados a mi cuerpo. No podía recordar lo que se sentía al estar caliente. Entonces se fue, sin él, los otros lobos se acercaron, demasiado cerca, asfixiándome. Algo pareció aletear demasiado en mi pecho. No había sol; no había luz. Me estaba muriendo. No podía recordar cómo era el cielo. Pero no morí, me perdí en un mar de frío, y luego renací en un mar de calor. Recuerdo esto: sus ojos amarillos. Pensé que jamás volvería a verlos.
Temblar

Maggie Stiefvater
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