
Ese firmamento negro y enloquecedor; ese vasto océano cósmico, infinitamente profundo en todas direcciones, Cielo y Pandemonio a la vez; el místico Zodíaco, la carne moteada de Tiamat; todo eso es caos, infinito y eterno. Y, sin embargo, es de alguna manera el orden en este caos lo que quizás siempre me ha perturbado más. Las constelaciones, a su manera, casi resaltan la inmensidad y la locura de todo ello: monstruos y gigantes que cobran vida en toda su gigantesca monstruosidad; Orión y Hércules surcando el cielo, con extremidades que se extienden a años luz, solo para ser empequeñecidos por Draco, Pegaso o la Osa Mayor. Y aún más grandes: Cetus, Eridanus, Ofiuco e Hidra, abarcando casi todo un hemisferio, hundidas bajo el ecuador en ese extraño inframundo de oscuras formaciones australes. Intentas asimilarlos: estiras el cuello, pones los ojos en blanco y la mente se desorienta hasta que te invade una debilitante sensación de vértigo invertido…
Citas: Una breve antología

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