
Enamorarse, decíamos; me enamoré de él. Éramos mujeres que caían. Creíamos en ello, en ese movimiento descendente: tan hermoso, como volar, y sin embargo al mismo tiempo tan terrible, tan extremo, tan improbable. Dios es amor, decían una vez, pero nosotras lo invertíamos, y el amor, como el cielo, siempre estaba a la vuelta de la esquina. Cuanto más difícil era amar al hombre en particular que teníamos al lado, más creíamos en el Amor, abstracto y total. Estábamos esperando, siempre, la encarnación. Esa palabra, hecha carne. Y a veces sucedía, por un tiempo. Ese tipo de amor va y viene y es difícil de recordar después, como el dolor. Un día mirabas al hombre y pensabas, te amé, y el tiempo verbal era pasado, y te llenaba una sensación de asombro, porque era algo tan asombroso, precario y tonto que habías hecho; y también sabías por qué tus amigas habían sido evasivas al respecto, en aquel momento. Hay mucho consuelo, ahora, en recordar esto.
El cuento de la criada

Margaret Atwood
📲 Copia este código QR para compartir la frase dónde quieras
¿Quieres publicar tus pensamientos, reflexiones o tus propias frases?
Publica tus obras