
Lo miro con la nostalgia que, según dicen, los hombres sienten por sus guerras, por sus compañeros veteranos. Pienso: «Una vez le arrojé cosas a este hombre. Le arrojé un cenicero de cristal, uno bastante barato que no se rompió. Le arrojé un zapato (el suyo) y un bolso (el mío), sin siquiera cerrarlo primero, de modo que le cayó encima una lluvia de llaves y monedas. Lo peor que le arrojé fue un pequeño televisor portátil, subido a la cama y lanzándoselo con la ayuda de los resortes, aunque en el instante en que lo lancé pensé: ¡Dios mío, que se agache!». Una vez pensé que era capaz de matarlo. Hoy solo siento un leve arrepentimiento por no haber sido más civilizados el uno con el otro en aquel entonces. Aun así, fue asombroso, todas esas explosiones, esa imprudencia, esa destrucción a todo color. Asombroso, agonizante y casi letal.
OJO DE GATO.

Margaret Atwood
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