
Comimos a los pájaros. Los comimos. Queríamos que sus cantos fluyeran por nuestras gargantas y brotaran de nuestras bocas, así que los comimos. Queríamos que sus plumas brotaran de nuestra carne. Queríamos sus alas, queríamos volar como ellos, remontar el vuelo libremente entre las copas de los árboles y las nubes, así que los comimos. Los ensartamos, los golpeamos, les enredamos las patas en pegamento, los atrapamos con redes, los escupimos, los arrojamos a brasas, y todo por amor, porque los amábamos. Queríamos ser uno con ellos. Queríamos nacer de huevos limpios, lisos y hermosos, como ellos, cuando éramos jóvenes, ágiles e inocentes de causa y efecto; no queríamos el desorden del nacimiento, así que nos metimos los pájaros en la garganta, con plumas y todo, pero fue inútil, no podíamos cantar, no sin esfuerzo como ellos, no podemos volar, no sin humo y metal, y en cuanto a los huevos, no tenemos ninguna posibilidad. Estamos atrapados en la gravedad, estamos atados a la tierra. Estamos hasta los tobillos en sangre, y todo porque nos comimos los pájaros, nos los comimos hace mucho tiempo, cuando aún teníamos el poder de decir no.

Margaret Atwood
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