
Todas las guerras son sagradas —dijo—. Para quienes tienen que luchar en ellas. Si quienes las iniciaron no las hicieran sagradas, ¿quién sería tan insensato como para luchar? Pero, sin importar qué lemas los oradores les den a los idiotas que luchan, sin importar qué nobles propósitos les atribuyan a las guerras, siempre hay una sola razón para una guerra. Y esa es el dinero. Todas las guerras son, en realidad, disputas por dinero. Pero muy poca gente se da cuenta. Sus oídos están demasiado llenos de trompetas y tambores y de las bellas palabras de oradores que se quedan en casa. A veces el lema es «¡Salven la tumba de Cristo de los paganos!». A veces es «¡Abajo el papismo!» y a veces «¡Libertad!» y a veces «¡Algodón, esclavitud y derechos de los estados!».
Lo que el viento se llevó

Margaret Mitchell
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