
Eran las cuatro y veinte de la mañana, teniendo en cuenta que el reloj de la biblioteca de su casa estaba cuatro minutos atrasado, como lo había estado desde que tenía memoria. Lo miró con el ceño fruncido, concentrado. Ahora que lo pensaba, debía mandarlo a poner en hora en punto algún día. ¿Por qué un reloj tenía que estar obligado a ir cuatro minutos atrasado con respecto al resto del mundo durante toda su existencia? No era lógico. El problema era que, si el reloj de repente estuviera en hora, estaría siempre confundido y llegaría cuatro minutos antes —¿o quería decir tarde?— a las comidas y a otras citas. Eso agitaría a sus sirvientes y causaría consternación en la cocina. Probablemente era mejor dejar el reloj como estaba.
Luego viene la seducción

María Balogh
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