
El potentado oriental que declaró que las mujeres eran la raíz de todos los males, debería haber profundizado un poco más y haber comprendido el porqué. Es porque las mujeres nunca son perezosas. No saben lo que es la tranquilidad. Son Semiramides, Cleopatras, Juanas de Arco, Isabeles y Catalina II, y se desatan en la batalla, el asesinato, el clamor y la desesperación. Si no pueden agitar el universo y jugar a la pelota con los hemisferios, convertirán nimiedades domésticas en montañas de guerra y disgustos, y tormentas sociales en tazas de té. Prohíbanles disertar sobre la libertad de las naciones y las injusticias de la humanidad, y se pelearán con la señora Jones por la forma de un manto o el carácter de una criada. Llamarlas el sexo débil es una burla espantosa. Son el sexo fuerte, el más inquieto, el más perseverante, el más seguro de sí mismo.
El secreto de Lady Audley

María Elizabeth Braddon
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