
Una noche le rogué a Robin, científico de formación, que viera conmigo «Muerte de un viajante» de Arthur Miller en la PBS. Aguantó un acto, y luego se volvió hacia mí horrorizado: «¿Así es como te pasas los días? ¿Pensando en estas cosas?». Me avergoncé. Podría haber estado aprendiendo sobre la teoría de cuerdas o cómo se polinizan las flores. Creo que su comentario fue el comienzo de mi crisis de fe. Como tantos otros de mi generación en la universidad, había recurrido a la literatura como una especie de sustituto de la religión formal, que ya no alimentaba mi alma, o de la terapia, que no podía permitirme… Me interesé en explorar la teoría de la no ficción y en escribir memorias, un género que nos da acceso a ese Middlemarch perdido de reflexión y comentario social.
El granero al final del mundo: El aprendizaje de un pastor cuáquero y budista

María Rosa O’Reilley
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