
Limpié la porquería de mis zapatillas rosas y conduje a casa, parando a tomar un expreso en la cafetería frente a la universidad. Hombres y mujeres estaban encorvados sobre ejemplares de Jean Paul Sartre y escribiendo en sus diarios. La mayoría llevaba las gafas de carey de montura fina que tanto gustan a los intelectuales. Su ropa estaba desteñida hasta un punto de moda preciso; ahora se puede comprar así por catálogo, ropa nueva procesada para que parezca vieja. Los intelectuales me miraron con mi mono de trabajo como inevitablemente miran a los campesinos. Le eché mucho azúcar a mi expreso y lo bebí con delicadeza en una mesa de la esquina, cerca de la puerta. Los miré como los campesinos miran a los intelectuales.

María Rosa O’Reilley
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