
Su cuerpo y su alma parecían tener la extraña capacidad de repeler las horas, del mismo modo que, a la inversa, un imán atrae el metal. Todo giraba a su alrededor y huía; él era siempre el único centro de una enorme circunferencia. Seguía avanzando, cuerpo y alma, con la esperanza de acercarse a lo que huía a su paso. Lo mismo ocurría con el tiempo: su posición permanecía constante en relación con aquello que, por mucho que intentara retenerlo, se le escapaba y se perdía en la distancia. Era el único que no guardaba papeles incriminatorios en sus cajones, el único que podía mostrar su diario a cualquiera. Era un creador. Quizás por eso su vida no existía.

Mário de Sá-Carneiro
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