
Desde la cueva hasta el rascacielos, desde el club hasta las armas de destrucción masiva, desde la vida tautológica de la tribu hasta la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiéndonos sucumbir al letargo, al ensimismamiento y a la resignación. Nada ha sembrado tanta inquietud, perturbado tanto nuestra imaginación y nuestros deseos como la vida de mentiras que añadimos, gracias a la literatura, a la que ya tenemos, para poder ser protagonistas de las grandes aventuras, de las grandes pasiones que la vida real jamás nos dará. Las mentiras de la literatura se convierten en verdades a través de nosotros, los lectores transformados, infectados de anhelos y, por culpa de la ficción, cuestionando permanentemente una realidad mediocre. Hechicería, cuando la literatura nos ofrece la esperanza de tener lo que no tenemos, de ser lo que no somos, de acceder a esa existencia imposible donde, como dioses paganos, nos sentimos mortales y eternos a la vez, que introduce en nuestro espíritu la inconformidad y la rebeldía, que subyacen a todas las hazañas heroicas que han contribuido a la reducción de la violencia en las relaciones humanas. Reducir la violencia, no erradicarla. Porque la nuestra siempre será, afortunadamente, una historia inconclusa. Por eso debemos seguir soñando, leyendo y escribiendo, la forma más eficaz que hemos encontrado para aliviar nuestra condición mortal, para vencer la corrosión del tiempo y para transformar lo imposible en posible.

Mario Vargas Llosa
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