
Esas horas dedicadas a deleitarse con el resplandor de un futuro imaginado, a dejarse llevar por corrientes de promesas por un amor o una pasión tan fuertes que uno se sentía transformado para siempre y convencido de que incluso la partícula más pequeña del mundo circundante estaba cargada de un propósito de una grandeza imposible; ah, sí, y uno alzaba la vista hacia los árboles y se emocionaba con el río de follaje pálido y dorado, suelto por el viento, que caía en cascada, y con el canto alto y melodioso de innumerables pájaros; esos momentos, tantos y tan lejanos, aún regresan, pero brevemente, como luciérnagas en el calor perfumado de la noche de verano.
Casi invisibles: poemas

Mark Strand
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