Markus Zusak

Se inclinó y miró su rostro sin vida, y Leisel besó a su mejor amigo, Rudy Steiner, con ternura y sinceridad en los labios. Tenía un sabor a polvo y dulzura. Sabía a arrepentimiento entre las sombras de los árboles y bajo el resplandor de la colección de trajes del anarquista. Lo besó larga y suavemente, y al separarse, rozó su boca con los dedos… No se despidió. Era incapaz, y tras unos minutos más a su lado, logró levantarse del suelo. Me asombra lo que los humanos pueden hacer, incluso cuando las lágrimas les corren por la cara y siguen tambaleándose…
– Markus Zusak –


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Se inclinó y miró su rostro sin vida, y Leisel besó a su mejor amigo, Rudy Steiner, con ternura y sinceridad en los labios. Tenía un sabor a polvo y dulzura. Sabía a arrepentimiento entre las sombras de los árboles y bajo el resplandor de la colección de trajes del anarquista. Lo besó larga y suavemente, y al separarse, rozó su boca con los dedos… No se despidió. Era incapaz, y tras unos minutos más a su lado, logró levantarse del suelo. Me asombra lo que los humanos pueden hacer, incluso cuando las lágrimas les corren por la cara y siguen tambaleándose…

La ladrona de libros


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Markus Zusak


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