Markus Zusak

Llegó el verano. Para el ladrón de libros, todo iba bien. Para mí, el cielo era del color de los judíos. Cuando sus cuerpos terminaban de buscar huecos en la puerta, sus almas se elevaban. Cuando sus uñas arañaban la madera y, en algunos casos, se clavaban en ella por la pura fuerza de la desesperación, sus espíritus venían hacia mí, a mis brazos, y salíamos de esas duchas, subíamos al tejado y ascendíamos hacia la inmensidad de la eternidad. No dejaban de alimentarme. Minuto tras minuto. Ducha tras ducha.
– Markus Zusak –


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Llegó el verano. Para el ladrón de libros, todo iba bien. Para mí, el cielo era del color de los judíos. Cuando sus cuerpos terminaban de buscar huecos en la puerta, sus almas se elevaban. Cuando sus uñas arañaban la madera y, en algunos casos, se clavaban en ella por la pura fuerza de la desesperación, sus espíritus venían hacia mí, a mis brazos, y salíamos de esas duchas, subíamos al tejado y ascendíamos hacia la inmensidad de la eternidad. No dejaban de alimentarme. Minuto tras minuto. Ducha tras ducha.

La ladrona de libros


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Markus Zusak


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