
Regresé a casa con paso ligero, pues aquella noche había removido algo en mi interior, algo que hacía tiempo que debía ser removido. Por fin, vi a aquel grupo tal como era, con algunas excepciones: una extraña mezcla de holgazanes y madrugadores, la mayoría con la cuenta bancaria en números rojos o, al menos, gastando dinero del capital, interesados únicamente en quién entraba en la caja del Maidstone Club, en su golpe de aproximación en el hoyo quince de Pebble Beach o en regañar al personal por un trocito de concha en la langosta mientras servían canapés. Jinx me había hecho un favor, me había liberado de cualquier lealtad persistente a la sociedad neoyorquina, había cortado mi temor a caerles mal.
Chicas lilas

Martha Hall Kelly
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