
El hombre nació para vivir en sociedad. Por poco que se apegue al mundo, jamás podrá olvidarlo del todo, ni soportar ser olvidado por él. Disgustado por la culpa o el absurdo de la humanidad, el misántropo huye de ella: decide convertirse en ermitaño y se entierra en la caverna de alguna roca lúgubre. Mientras el odio inflama su pecho, tal vez se sienta satisfecho con su situación; pero cuando sus pasiones comienzan a apaciguarse, cuando el tiempo ha mitigado sus penas y curado las heridas que llevó consigo a su soledad, ¿crees que la satisfacción se convierte en su compañera? ¡Ah, no, Rosario! Ya no sostenido por la violencia de sus pasiones, siente toda la monotonía de su vida, y su corazón se convierte en presa del hastío y el cansancio. Mira a su alrededor y se encuentra solo en el universo: el amor por la sociedad revive en su pecho, y anhela regresar a ese mundo que ha abandonado. La naturaleza pierde todo su encanto ante sus ojos: nadie está cerca para señalarle sus bellezas ni para compartir su admiración por su excelencia y variedad. Apoyado en el fragmento de alguna roca, contempla la cascada con la mirada perdida; observa sin emoción la gloria del sol poniente. Lentamente regresa a su celda al atardecer, pues nadie allí espera su llegada; no encuentra consuelo en su solitaria y desagradable comida: se deja caer sobre su lecho de musgo, abatido e insatisfecho, y despierta solo para pasar un día tan insípido y monótono como el anterior.
El Monje

Matthew Lewis
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