
Los muertos vivientes nos habían arrebatado más que tierras y seres queridos. Nos habían robado la confianza en nosotros mismos como la forma de vida dominante del planeta. Éramos una especie sacudida y quebrantada, llevada al borde de la extinción y agradecida solo por un mañana con quizás un poco menos de sufrimiento que el presente. ¿Era este el legado que dejaríamos a nuestros hijos, un nivel de ansiedad y dudas sobre nosotros mismos no visto desde que nuestros ancestros simios se escondían en los árboles más altos? ¿Qué clase de mundo reconstruirían? ¿Lo reconstruirían siquiera? ¿Podrían seguir progresando, sabiendo que serían impotentes para recuperar su futuro? ¿Y si ese futuro viera otro resurgimiento de los muertos vivientes? ¿Se alzarían nuestros descendientes para enfrentarlos en la batalla, o simplemente se rendirían dócilmente y aceptarían lo que creen que es su inevitable extinción? Solo por esto, teníamos que recuperar nuestro planeta. Teníamos que demostrarnos a nosotros mismos que podíamos hacerlo, y dejar esa prueba como el mayor monumento de esta guerra. El largo y arduo camino de regreso a la humanidad, o el hastío regresivo de los otrora orgullosos primates de la Tierra. Esa era la decisión, y había que tomarla ahora.
Guerra Mundial Z: Una historia oral de la guerra zombi

Max Brooks
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