
Pocas cosas en la mente consumen tanta energía como la preocupación. Es una de las cosas más difíciles: no preocuparse por nada. La preocupación surge cuando las cosas van mal, pero en relación con los sucesos pasados, es inútil desear que hubieran sido diferentes. El pasado congelado es lo que es, y ninguna cantidad de preocupación lo hará distinto. Sin embargo, la mente egoica, limitada, se identifica con su pasado, se enreda en él y mantiene vivas las punzadas de los deseos frustrados. Así, la preocupación continúa creciendo en la vida mental del ser humano hasta que la mente egoica se ve abrumada por el pasado. La preocupación también se experimenta en relación con el futuro cuando se prevé que este será desagradable de alguna manera. En este caso, busca justificarse como parte necesaria del intento de prepararse para afrontar las situaciones anticipadas. Pero las cosas nunca se solucionan solo con preocuparse. Además, muchas de las cosas que se anticipan nunca suceden, o si suceden, resultan ser mucho más aceptables de lo esperado. La preocupación es producto de una imaginación desbordada, impulsada por los deseos. Es vivir a través de sufrimientos que, en su mayoría, somos creación nuestra. La preocupación nunca le ha hecho bien a nadie, y es mucho peor que la mera disipación de energía psíquica, pues limita considerablemente la alegría y la plenitud de la vida.
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Meher Baba
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