
Sospecho que muy pocos hombres y mujeres que se ganaron la vida cocinando y vendiendo durante la guerra pasada conservaron para siempre algo de la despreocupada extravagancia de los años veinte. Sentirán, hasta el último día de sus vidas, una especie de cautela culinaria: la mantequilla, por muy abundante que sea, es un bien preciado que no debe desperdiciarse a la ligera; las carnes, los huevos y todas las especias traídas de tierras lejanas adquieren un nuevo significado, al haber sido antaño tan escasas. Y eso es bueno, pues no hay mayor descuido vergonzoso que el que se ingiere con los alimentos que consumimos para vivir. Cuando vivimos sin pensar ni dar gracias, no somos hombres, sino bestias.
El arte de comer

MFK Fisher
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