
El problema, si acaso, era precisamente el contrario. Tenía demasiado que escribir: demasiados edificios hermosos y miserables que construir, calles que nombrar y torres de reloj que hacer sonar, demasiados personajes que sacar de la tierra como flores cuyos pétalos desprendí hasta los intrincados y frágiles órganos internos, demasiados terribles secretos genéticos y fiduciarios que desenterrar, enterrar y volver a desenterrar, demasiados divorcios que conceder, herederos que desheredar, citas que concertar, cartas que desviar a manos malvadas, niños inocentes que matar con fiebre reumática, mujeres a las que dejar insatisfechas y sin esperanza, hombres a los que incitar al adulterio y al robo, incendios que encender en el corazón de casas antiguas.
Chicos maravillosos

Michael Chabon
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