
Recuerdo un lince que tenían aquí —ahora los linces son una especie en peligro de extinción por aquí— lo habían capturado en algún sitio y debieron someterlo a una docena de experimentos con fuego antes de determinar que era completamente inútil. Como una lata de cerveza vacía. ¿Y sabes lo que le hicieron? Claudio llegaba tarde a una cita para comer, así que en lugar de sacrificar al animal, que aún respiraba, lo agarró por las patas traseras y le golpeó la cabeza contra la pared repetidamente hasta matarlo. ¿Cómo olvidarlo? Me mandaron a limpiar el desastre. La cabeza abollada. Los ojos cerrándose lentamente. Las garras, antes orgullosas, colgando, aturdidas y sin vida, la absoluta insensatez de todo aquello, y el odio, un odio que se consumó en mí, una hormona, un químico o una parte del cerebro tan peligrosa como cualquier bomba de neutrones. Solo que yo no sabía cómo explotar. Era como un ordenador sin teclado, un pájaro sin alas. Rugía por dentro. Quería matar a ese hombre. Hacerles a otros lo que me habían hecho a mí. Yo era ese lince, créeme.
Ira y razón

Michael Tobias
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