
Todos somos narradores sin darnos cuenta. Hablamos con nuestros amigos, con nuestros médicos y terapeutas sobre las tonterías sin importancia que ocurren en nuestras vidas, pero la diferencia entre contar una historia y quejarse de los males de la vida radica en la forma de hacerlo. Podemos hablar de cómo alguien nos despreció en el trabajo, o podemos hablar de cómo esa persona se veía cuando, un instante después de despreciarnos, se cayó por las escaleras. Ahí está la diferencia: la gente suele fijarse en lo principal, pero no en los matices; se fijan en la cara de quien les grita y en el tono de sus gritos, pero no en el consuelo que pueden prometer los lamentos de agonía y las extremidades retorcidas que yacen en el último escalón.
Odio el verano: Mis tribulaciones con la depresión estacional, la ansiedad, los fontaneros, las arañas, los vecinos y el mundo.

Michelle Franklin
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