
Pero claro, de eso trataba el Libro de Job para ella: una historia aleccionadora sobre el deseo de que existiera un Dios, el deseo de que existiera alguien que pudiera ejecutar lo que un Dios podía ejecutar, o que pudiera sancionar lo que haría el Diablo. ¿Quieren esto, gente? ¿Quieren este tipo de poderes? No, no los quieren, y aquí está el porqué, y aquí está el porqué es pura vanidad desearlos en cualquier otra entidad. Miren qué clase de violencia se desataría. Pobre Job, sí, pobre Job con sus urticarias y sus pérdidas económicas —aunque ¿quién necesita tres mil camellos?— y lástima por los niños, perdónenme, estaban deliciosos, tan dulces y tan fríos, sí, lástima, pero es Dios el miserable aquí. ¡Miren en qué se ha metido! Nada bueno podría salir de ese tipo de poder; eso es lo que decía el autor del Libro de Job, y ella sabía que el autor tenía razón.
viuda: historias

Michelle Latiolais
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