
veces, cuando un padre tiene un hijo feo y grosero, el amor que le profesa le ciega tanto que no ve sus defectos, o mejor dicho, los toma por dones y encantos de mente y cuerpo, y habla de ellos con sus amigos como si fueran ingenio y gracia. Yo, sin embargo —pues aunque me haga pasar por el padre, no soy más que el padrastro de «Don Quijote»— no deseo seguir la corriente de la costumbre, ni implorarte, querido lector, casi con lágrimas en los ojos, como hacen otros, que perdones o excuses los defectos que percibas en este hijo mío. No eres ni su pariente ni su amigo, tu alma es tuya y tu voluntad tan libre como la de cualquier hombre, sea quien sea, estás en tu propia casa y eres dueño de ella tanto como el rey de sus impuestos, y conoces el dicho popular: «Bajo mi manto mato al rey». todo lo cual te exime y te libera de toda consideración y obligación, y puedes decir lo que quieras de la historia sin temor a ser insultado por cualquier mal o recompensado por cualquier bien que puedas decir de ella.
Don Quixote

Miguel de Cervantes Saavedra
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