
Antes creía saberlo todo. Era una persona inteligente que siempre lograba sus objetivos, y por eso, cuanto más alto llegaba, más podía menospreciar lo que me parecía tonto o simple, incluso la religión. Pero esa noche, mientras conducía a casa, me di cuenta de algo: que no soy ni mejor ni más inteligente, solo más afortunada. Y debería avergonzarme de pensar que lo sabía todo, porque uno puede conocer el mundo entero y aun así sentirse perdido. Mucha gente sufre, sin importar lo inteligentes o exitosas que sean; lloran, anhelan, se lastiman. Pero en lugar de menospreciar las cosas, miran hacia arriba, que es donde yo también debería haber mirado. Porque cuando el mundo se calma con el sonido de tu propia respiración, todos queremos lo mismo: consuelo, amor y paz interior.
Ten un poco de fe: una historia real

Mitch Albom
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