
Hay belleza en la paradoja cuando se trata de hablar de asuntos de suma importancia. La paradoja contrarresta nuestra tendencia a la superficialidad en la fe, a conformarnos con respuestas fáciles o un pensamiento categórico. Rompe nuestras categorías al mostrar su insuficiencia y al señalar una realidad que nos trasciende: la realidad de la gloria, de la luz, de lo trascendente. Me gusta llamarlo paradoxología —la gloria de la paradoja, la paradoxología-doxología— que nos lleva a un lugar al que no seríamos capaces de llegar si creyéramos tenerlo todo resuelto, si pensáramos haber alcanzado la comprensión total. El compromiso de aceptar la paradoja y resistir el impulso de categorizar a las personas (incluidos nosotros mismos) es una de las maneras en que seguimos a Jesús hacia esa realidad misteriosa y trascendente de luz y amor.

Nanette Sawyer
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