
Las mujeres entienden que existen dos economías distintas: la atracción física y el «ideal». Cuando una mujer mira a un hombre, puede que le desagrade físicamente su estatura, su color de piel o su figura. Pero una vez que le ha gustado y se ha enamorado de él, no querría que fuera diferente: para muchas mujeres, el cuerpo parece volverse bello y erótico a medida que se encariñan con la persona que lo habita. El cuerpo en sí, su olor, su tacto, su voz y sus movimientos, se cargan de pasión gracias a la persona deseable que lo anima. Incluso Gertrude Stein dijo de Picasso: «No había nada especialmente atractivo en él a primera vista… pero su resplandor, un fuego interior que se percibía en él, le confería una especie de magnetismo al que no podía resistirme». Del mismo modo, una mujer puede admirar a un hombre como una obra de arte, pero perder el interés sexual si resulta ser un idiota. ¿Qué le sucede al hombre que conquista a una mujer hermosa, con su «belleza» como único objetivo? Se sabotea a sí mismo. No ha ganado ningún amigo, ningún aliado, ninguna confianza mutua: ella sabe perfectamente por qué la han elegido. Ha conseguido comprar un conjunto de inseguridades basadas en la desconfianza mutua. Sí que gana algo: la estima de otros hombres que consideran tal logro impresionante.
El mito de la belleza

Naomi Wolf
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