
Al canalizar el impulso dionisíaco hacia ritos especiales en días específicos, la orgía lo mantenía bajo control, impidiendo que aflorara de formas más insidiosas y pérfidas. Más aún, lo transformaba en una celebración vigorizante y liberadora —y, en ese sentido, profundamente religiosa— de la vida y la fuerza vital. Permitía a las personas escapar de sus roles sociales artificiales y restrictivos para regresar a un estado de naturaleza más auténtico, que los psicólogos modernos han asociado con lo freudiano o inconsciente. Resultaba especialmente atractiva para los grupos marginados, ya que dejaba de lado las jerarquías habituales de hombre sobre mujer, amo sobre esclavo, patricio sobre plebeyo, rico sobre pobre y ciudadano sobre extranjero. En resumen, les brindaba un respiro muy necesario, como las vacaciones modernas, pero más económico y efectivo.
En la riqueza y en la pobreza: ¿Debería casarme?

Neel Burton
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