
Sócrates es un brillante ejemplo de un hombre que vivió valientemente de acuerdo con sus ideales y, al final, murió valientemente por ellos. A lo largo de su vida, jamás perdió la fe en la capacidad de la mente para discernir y decidir, y así comprender y dominar la realidad. Tampoco traicionó jamás la verdad y la integridad por una vida lamentable de autoengaño y semiconsciencia. En su incansable búsqueda por alinear la mente con la materia y el pensamiento con la realidad, se mantuvo fiel tanto a sí mismo como al mundo, de modo que sigue vivo en esta frase y en millones de otras que se han escrito sobre él. Más que un gran filósofo, Sócrates fue la encarnación viviente del sueño de que la filosofía algún día nos liberaría.
El cielo y el infierno: La psicología de las emociones

Neel Burton
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