
La ciencia, si bien es valiosa en la medida en que puede utilizarse para abordar e incluso responder cuestiones lógicas o técnicas, no puede ni debe utilizarse para crear nuevos valores (últimos) ni para emitir un juicio definitivo sobre la legitimidad de los valores mismos. Weber sostiene que es deber del científico vocacional reconocer esto y evitar a toda costa presentar profecías académicas bajo la apariencia de una ciencia libre de valores. Esto exige no solo que la vocación científica esté imbuida de un sentido de responsabilidad ética, sino que la ciencia misma sea una práctica autorreflexiva, que identifique y cuestione sus propios presupuestos. En este sentido, Weber, al igual que Nietzsche, argumenta que «la ciencia requiere supervisión y control», pues debe proceder dentro de límites estrictamente definidos y, más allá de estos, debe rendir cuentas de sus propios presupuestos o valores. Y es sobre esta base que la ciencia puede asumir una forma objetiva y, con ello, convertirse, paradójicamente, en una práctica valiosa, aunque no necesariamente significativa, en sí misma… su propósito es, en general, servir a la vida y no al revés…
Max Weber y la teoría posmoderna: racionalización versus reencantamiento

Nicolás Gane
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