
Sentado allí, sobre el brezal, sobre nuestro grano planetario, me estremecí ante los abismos que se abrían por doquier, y en el futuro. La oscuridad silenciosa, lo desconocido sin rasgos distintivos, eran más aterradores que todos los terrores que la imaginación había concebido. Al escudriñar, la mente no podía ver nada seguro, nada en toda la experiencia humana que pudiera considerarse cierto, excepto la incertidumbre misma; nada más que oscuridad engendrada por una espesa bruma de teorías. La ciencia del hombre era una mera niebla de números; su filosofía, una bruma de palabras. Su misma percepción de este grano rocoso y todas sus maravillas no era más que una aparición cambiante y engañosa. Incluso uno mismo, ese hecho aparentemente central, era un mero fantasma, tan engañoso, que el más honesto de los hombres debía cuestionar su propia honestidad, tan insustancial que debía incluso dudar de su propia existencia.
creador de estrellas

Olaf Stapledon
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