
Cuando digo que estoy convencido de estas cosas, hablo con demasiado orgullo. A lo lejos, como una perla perfecta, se puede ver la ciudad de Dios. Es tan maravillosa que parece que un niño podría alcanzarla en un día de verano. Y así podría. Pero conmigo y con los que somos como yo es diferente. Uno puede comprender algo en un instante, pero lo pierde en las largas horas que siguen con pies de plomo. Es tan difícil mantener las «alturas que el alma es capaz de alcanzar». Pensamos en la eternidad, pero nos movemos lentamente a través del tiempo; y cuán lento transcurre el tiempo con nosotros, los que yacemos en prisión, no necesito repetirlo, ni hablar del cansancio y la desesperación que se cuelan de nuevo en la celda, y en la celda del corazón, con tal extraña insistencia que uno tiene, por así decirlo, que adornar y barrer la casa para su llegada, como para un huésped indeseado, o un amo amargo, o un esclavo del que es uno esclavizado por casualidad o elección.
de Profundis, La balada de la cárcel de Reading y otros poemas

Oscar Wilde
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