
En eso consiste realmente la crítica más elevada: en el registro de la propia alma. Es más fascinante que la historia, pues se ocupa simplemente de uno mismo. Es más placentera que la filosofía, puesto que su objeto es concreto y no abstracto, real y no vago. Es la única forma civilizada de autobiografía, pues no trata de acontecimientos, sino de los pensamientos de la propia vida; no de los accidentes físicos de la vida, sino de los estados de ánimo espirituales y las pasiones imaginativas de la mente… Lo mejor que se puede decir de la mayor parte del arte creativo moderno es que es un poco menos vulgar que la realidad, y así el crítico, con su fino sentido de la distinción y su certero instinto de refinamiento, preferirá mirarse en el espejo de plata o a través del velo tejido, y apartará la mirada del caos y el clamor de la existencia real, aunque el espejo esté empañado y el velo rasgado. Su único objetivo es narrar sus propias impresiones. Para él se pintan cuadros, se escriben libros y se esculpe el mármol.
El crítico como artista

Oscar Wilde
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