
Anochecía en aquella larga tarde sureña, y de repente, justo en el punto que su dedo había señalado, la luna alzó una frente de oro deslumbrante sobre el horizonte, emergiendo directamente de nubes filigranadas y embriagadas de luz que se extendían sobre el cielo como velos acompañantes. Detrás de nosotros, el sol se ponía en una retirada simultánea y congruente, y el río se convertía en llamas en un silencioso duelo de oro… El nuevo oro de la luna, asombroso y ascendente, el oro menguante del atardecer extinguiéndose en su largo deslizamiento hacia el oeste, era la vieja danza de los días en los pantanos de Carolina, la muerte sobrecogedora de los días ante los ojos de los niños, hasta que el sol se desvaneció, su última huella una cinta de oro tensada sobre las copas de los robles de agua.
El príncipe de las mareas

Pat Conroy
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