
Al día siguiente no me moví, estuve todo el día dándole vueltas a mis pensamientos. Pensaba en la Historia, con mayúscula, y en mi propia historia, la nuestra. ¿Acaso quienes escriben la primera conocen la segunda? ¿Cómo se aferra la memoria de algunos a lo que otros han olvidado o jamás han visto? ¿Quién tiene razón, el que se empeña en no abandonar el pasado en la oscuridad o el que arroja al olvido lo que no le conviene? Quizás, para vivir, para seguir viviendo, uno deba decidir que la realidad no es del todo cierta, o quizás deba elegir otra realidad cuando la que se ha vivido es insoportable. Al fin y al cabo, ¿no fue eso lo que hice en el campo? ¿No elegí vivir con el recuerdo y la expectativa de Emelya, sumergiendo mi vida cotidiana en la irrealidad de la pesadilla? ¿Es la Historia la mayor verdad tejida a partir de millones de mentiras individuales, como las viejas mantas que Fedorin hacía para alimentarnos cuando yo era niño, y que parecían nuevas y hermosas con su arcoíris de colores, cuando en realidad estaban hechas de retazos, formas irregulares, pelo de dudosa calidad y origen desconocido?
Brodeck

Philippe Claudel
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