
Hace algún tiempo, mi hijo Emilio volvía al colegio después de las vacaciones. No le gustaba nada la idea y estaba lleno de ansiedad. Para él, la vuelta al cole era como un monstruo que lo amenazaba y quería aplastarlo. ¿Qué se supone que debe hacer un padre? Intenté animarlo, distraerlo, convencerlo de que no era tan malo como parecía, pero fue en vano. Entonces se me ocurrió ofrecerle algo casi tabú en nuestra familia: patatas fritas de un restaurante de comida rápida. Normalmente, a Emilio le atrae todo lo prohibido, sobre todo la comida basura. Pensé que tenía el as bajo la manga. Pero no. La respuesta de Emilio debería ser grabada en piedra: «Papá, los problemas no se solucionan con patatas fritas». ¡Bien dicho! No se puede fingir que los problemas no existen, y no se pueden solucionar con distracciones pasajeras. Hay que afrontarlos con honestidad. Ofrecerle patatas fritas a mi hijo para consolarlo y distraerlo de su ansiedad no fue, ni mucho menos, un acto de bondad. Simplemente elegí la opción más fácil, demasiado fácil. Había encontrado una salida cómoda.
El poder de la bondad: los beneficios inesperados de llevar una vida compasiva.

Piero Ferrucci
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