
Supongamos que nos enfrentamos a una situación desesperada: Pimlico. Si pensamos en lo que realmente le conviene a Pimlico, descubriremos que el hilo conductor nos lleva al trono del misticismo y la arbitrariedad. No basta con que un hombre desapruebe Pimlico; en ese caso, simplemente se cortará la garganta o se mudará a Chelsea. Tampoco basta, desde luego, con que un hombre la apruebe; pues entonces seguirá siendo Pimlico, lo cual sería terrible. La única salida parece ser que alguien ame Pimlico; que la ame con un vínculo trascendental y sin ninguna razón terrenal. Si surgiera un hombre que amara Pimlico, entonces Pimlico se alzaría en torres de marfil y pináculos dorados… Si los hombres amaran Pimlico como las madres aman a sus hijos, arbitrariamente, porque es suya, Pimlico en uno o dos años podría ser más hermosa que Florencia. Algunos lectores dirán que esto es pura fantasía. Yo respondo que esta es la historia real de la humanidad. Así es, de hecho, como las ciudades crecieron. Si nos remontamos a las raíces más profundas de la civilización, las encontraremos entrelazadas alrededor de alguna piedra sagrada o rodeando algún pozo sagrado. Primero, la gente rindió homenaje a un lugar y después obtuvo gloria por él. Los hombres no amaron a Roma porque fuera grande; era grande porque ellos la habían amado.
Ortodoxia

Portero Chesterton
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