
Se sorprendió al descubrir que Paola tenía treinta y cuatro años. «¿Qué has estado haciendo todo este tiempo?», quiso preguntar, pero en vez de eso dijo: «¿Qué te trajo a Inglaterra?». «Había un hombre», dijo Paola. «Cuando se fue, decidí quedarme». «¿Un italiano?». Paola asintió casi imperceptiblemente. «Tenía un trabajo aquí. Es un…» Hizo una pausa. «…ingeniero aeronáutico. Después de un año tuvo que volver a casa». Solly estaba llena de preguntas. Era extraño: en presencia de Paola se sentía un fracaso, pero una parte de ella creía que una mujer de treinta y cuatro años sin marido ni hijos era el mayor fracaso de todos. Era una especie de necesidad imparable de resolución que crecía en ella como la hiedra sobre la perspectiva de la libertad e intentaba estrangularla. No soportaba la idea de cabos sueltos, de espacios abiertos, de historias sin fin. ¿Acaso Paola no quería casarse? ¿No quería hijos y una casa propia? Allí estaba sentada, con su suéter blanco, comiendo con delicadeza. Solly, un saco repleto de niños, una mujer que había gastado y gastado su vida hasta quedarse sin nada, estaba sentada frente a ella, impaciente por más.
Parque Arlington

Rachel Cusk
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